Ocho de la mañana, sueña el despertador ya por segunda vez. Para no variar, no logro alzarme. En 15 minutos debo estar listo para no hacer esperar ni al chofer, ni al otro colega con quien comparto carro. Logro levantarme, me cepillo los dientes, me pongo el ventiúnico pantalón, una camisa planchada y listo, a planta baja. Espero unos 10 minutos. El otro colega nunca está a la hora, y sin embargo cuando se monta en el carro dice ‘ahhh que bien, hoy llegué puntual y hasta me dio tiempo de prepararme el desayuno’. Mientras, yo pienso en su reloj, que debe haberse parado hace ya mucho tiempo a la hora convenida: las ocho y cuarto. Y claro, pienso también en mi desayuno. A veces me da tiempo de comerme algo con o sin retardos… pero en todo caso, logro optimizar cada minuto de sueño. En el camino al trabajo, una media hora, me termino de despertar, leo algo si la conversación no está muy viva, y vuelvo la mirada cada vez que veo a otro carro a un milímetro de distancia del nuestro. Con algunas variantes (incluido el cambio del compañero!), esos son los primeros minutos de mi día desde hace un mes. Desde el 30 de mayo.
De hecho, llegué por segunda vez el 29 de mayo. Ya había pasado por aquí una semana en abril. Esta vez en el aeropuerto no me dijeron “Venezuela, is brother”. Sí, es verdad, en cierta manera somos brothers… sí, y no será por la religión… Volviendo a nuestro asunto… pasé las aduanas iraníes por segunda vez y sin mayores novedades, aunque con un poco de paranoia dentro de mí, pensando que había sido una buena decisión dejar los libros de contenido político en Italia. Contrario a lo que me esperaba, no hubo ningún control. Creo que revisan más a los mismos iraníes que a los extranjeros. Luego, hablando con la gente, me di cuenta de que podía estar tranquilo, que bastaba forrar cualquier libro que tuviera mujeres desnudas en la portada. Aquí todo el mundo trae de todo, excepto alcohol. Se oyen historias de gente que mete vino en tetrapaks de leche o cosas así... pero en este país se encuentra el licor que sea en el mercado negro, así que no creo que valga la pena arriesgar un control aduanal cuando basta pagar unos euros de más para beber. Se escuchan historias de gente que ha tenido que dejar botellas de vino
Al salir de los controles, volví a ver lo que vi una vez en Frankfurt cuando llegaba una delegación multitudinaria de árabes y también la primera vez que estuve en Teherán: un apurruñamiento generalizado de gente, uno tras otro en la puerta de la salida del Terminal. Me sentí como una celebridad, con la diferencia que nadie estaba pendiente de mí. Todos estaban esperando a alguien o a ese alguien ya lo habían encontrado y lo que hacían era conversar, saludar, hablar, mientras ya tres maletas me pisoteaban los tobillos para abrirse espacio en medio del desorden. Pronto me daría cuenta de que este fenómeno se repite en las calles y avenidas de Teherán. Una manera de hacer las cosas que podría llamarse “quitate tú para ponerme yo” (o “que me importa a mí!”). En realidad es el mismo fenómeno fácilmente observable en el trafico Caraqueño o Napolitano. Aquí, sin embargo, el tráfico es mucho peor…. De verdad, es peor, créanme. La luz de cruces no sirve, porque basta lanzarle el carro al que viene en el canal rápido y basta, el código no escrito dice ‘lanza el carro que el otro se para’. Dejar pasar un peatón ocurre solo en las películas y los canales de las autopistas no son tres o cuatro, son el doble: el uno, el uno y medio, el dos, el dos y medio… Me pregunto si este modo de circular tiene algo que ver con el fenómeno de tirar basura donde sea sin que te importe un comino, especialmente en las quebradas que bajan de las montañas Alborz, apenas encuentran la primera casa (otro fenómeno común en Venezuela y, en general, en cualquier lugar de Latinoamérica).
Sin embargo, el tráfico y las colas en el aeropuerto no impidieron que mi primera impresión de Teherán fuera más bien positiva. Me esperaba algo más atrasado, con menos acceso a ciertas comodidades, con menos infraestructura, y más caótico. La ciudad tiene un ritmo agitado como cualquier gran ciudad, sus sábados por la noche –que aquí equivalen a los jueves en la noche, sus calles comerciales, sus restaurantes, sus parques impecables y una red de autopistas que muchas ciudades envidiarían.
Sin embargo, el tráfico y las colas en el aeropuerto no impidieron que mi primera impresión de Teherán fuera más bien positiva. Me esperaba algo más atrasado, con menos acceso a ciertas comodidades, con menos infraestructura, y más caótico. La ciudad tiene un ritmo agitado como cualquier gran ciudad, sus sábados por la noche –que aquí equivalen a los jueves en la noche, sus calles comerciales, sus restaurantes, sus parques impecables y una red de autopistas que muchas ciudades envidiarían.
Claro que a pesar de la impresión inicial más bien positiva, un primer shock si que lo hubo. Sí que lo hubo! Del pueblo de Ravenna a la gran ciudad, en el Medio Oriente, en el caos y en el orden iraní. El shock cultural-urbano se mezclaba con la paranoia inicial, que persistió por un momento. Han tenido que pasar unos días para sentirme más relajado, dejar de un lado los estereotipos y dejar de pensar en Mullahs o Ayatollahs, en la Sharia, el Corán o en la represión policial que es por demás imperceptible a mi ojo extranjero… aunque aún cuando hablo mal del gobierno por teléfono, me siento escuchado… sin razón? Desde mi oficina se tiene una buena vista de Teherán, hacia el norte se aprecian las montañas que se volverán blancas en invierno y hacia el sur el resto de la ciudad infinita y contaminada. Es extensísima, me recuerda la ciudad de México vista desde la torre más alta. Mi edificio es un edificio de oficinas normal, como cualquier otro. La compañía tiene unos 5 pisos. En mi departamento somos unos 10, mitad iraníes, mitad extranjeros. Para no perder la costumbre, soy uno de los más jóvenes, como en mi oficina de Ravenna o de Milán. El trabajo parece tranquilo, sin grandes momentos de tensión –y esperemos que siga así. El proyecto en los dos campos de gas y de petróleo que operamos esta bastante avanzado y nuestro contrato expira el año que viene, así que no es que se prevea una cantidad exagerada de trabajo técnico. Quizás se tratará mucho más de redactar documentos, ir a reuniones, presentaciones, dar reportes… ya veremos.
Cuando estoy aburrido, agitado, o quiero hacer una pausa, me voy a la ventana y de la misma manera en la que miraba al Ávila desde el trafico caraqueño, miro el Tochal y sigo sus curvas, sus valles y sus colores. Es relajante, y de hecho algo que me gusta del lugar, es que hay montañas tan accesibles y tan cercanas. Además, subir montaña en Teherán es algo muy popular, todos van a la montaña así sea en mocasines, así sea con el negro chador negro a 40 grados. Los mejores caminantes llegan a lugares mas lejanos (y no crean que no he visto chadores ´lejanos´) y si no se es un buen caminante, basta llegar hasta algún lugar sombrío de la quebrada donde religiosamente se instala el mantel o alfombrita, la cocinita o la leña, y la tetera. Este último episodio es uno que se repite no solo en la montaña, sino donde sea. Donde sea. Esta es la tierra del picnic. Aquí el picnic llegó para quedarse, o, considerando lo antiguo de este pueblo, se podría hasta pensar que aquí nació el picnic. En cualquier parque, a cualquier hora, en cualquier lugar, en las islas de las autopistas o de las grandes avenidas. Se sientan en círculo a comer, a tomar té y a hablar dejando que las horas transcurran un poco más lentamente que en el caos de Teherán. Claro que la fogatita la reservan para los lugares menos urbanos.Y no sé si será la falta de bares y discotecas, pero algo que he notado es la gran afluencia de excursionistas subiendo el miércoles o jueves a pasar la noche en la montaña, con o sin carpa. Basta un saco de dormir y por supuesto, la tetera! Me pregunto cuantos caraqueños han dicho alguna vez ‘vamos al Avila a acampar este viernes por la noche?’ 1 de 10, 1 de 100, 1 de 1000, 1 de 10000? Yo lo he hecho varias veces, pero ya conocen mi afición por la montaña. Me da la impresión de que en Teherán no son sólo los montañistas los que suben la montaña.
También en el Damavand confirmé lo popular que es el montañismo en Irán. Siempre gente llegando y yendo, parecía el Mont Blanc en Agosto. El 28 de julio pasado estábamos tocando la cumbre de este volcán activo que se alza a 5670 metros sobre el nivel del mar. Es un cono perfecto que cada amanecer crea una sombra triangular que llega al infinito. Desde el refugio, lleno de gente, a 4200 metros, caminamos unas cinco horas hasta poder gritar ´cumbre´… en realidad grité ‘cumbre’ yo solo porque ni idea de que dijeron los iraníes, y mi amigo Renato dijo algo en italiano. Qué bueno fue volver a respirar aire fino de montaña, en medio de estos paisajes, en medio de fumarolas de azufre y penitentes de nieve rezagados del último invierno.
Sí, paisajes increíbles, eso es Irán, paisajes increíbles, gente bonita, amable, ingeniosa, graciosa, un país de jardines siempre verdes y de sol perenne. La idea del Irán que estaba dentro de mi cabeza ha sido cada día contradicha desde que llegué y la mayor parte de las veces para bien. No, no son árabes, no, no son gente ruidosa (me recuerdan más a los andinos que a los maracuchos), no, no es un país en las ruinas, no, no es un país de sólo desiertos, no, no es el país que te viene a la cabeza cuando ves CNN, no! Aquí la realidad es otra y no es fácil ni de descubrir ni de interpretar. Tantas veces me siento un completo extraño y otras veces siento que comprendo las cosas que suceden… pero independientemente de que me levante sintiéndome un poco más iraní o un poco más extranjero, creo que siempre tengo la sensación de que no puedo hacer lo que me da la gana, aunque así lo haga! Es cierto, puedo ir por la calle tranquilamente, es seguro, hay poco crimen, voy a fiestas que sin mirar por la ventana podrían ser en París, Caracas o Nueva York, voy al supermercado o al centro comercial como en cualquier otro lugar, podría hasta hablar mal del gobierno porque a fin de cuentas, quién me va a entender? Pero luego de imprevisto caigo en cuenta de que estoy en la República Islámica y no solo porque vea alguna propaganda del Gobierno en contra de Israel o USA o en apoyo a los Hezbollah, sino también porque sé que si se quiere comprar whisky es a través de un ‘contacto’ – traficando –, porque no puedo saludar con un beso a cualquier amiga por el solo hecho de que estemos en la calle, porque cuando salgo no puedo ponerme shorts a pesar del calor, o porque al llegar a una fiesta la policía está en la puerta para martillar… quizás son tonterías pero son el tipo de tonterías que me recuerdan donde estoy. Como dice un amigo mío de manera redundante, aquí te sientes en occidente hasta que te das cuentas de que no estás en occidente, de que nada pasa hasta que pasa.
Ahora estoy corto de ideas y lleno de sueño, mañana es domingo, yek-shambé, es un martes para mí. Son las cuatro y media de la tarde en Caracas y la media noche en Teherán.
Gracias por todos lo buenos comentarios de mi correo anterior. Será difícil complacer al público luego de aquellos elogios ;) pero lo intentaré, y seguiré escribiendo lo que me venga a la cabeza…




