Número 9: Un cigarro

A las doce y media de la noche subo al taxi. El sólito saludo, la sólita conversación. El pregunta a dónde voy… yo no pregunto por cuánto porque de todos modos conozco lo que debo pagar, riales más, riales menos. Esta vez no hay música pop iraní, sino más bien una radio mal sintonizada con canciones que parecen tradicionales, a veces, o con algún locutor hablando, otras. Bajamos por Sarallah Street para desembocar a la avenida Moghaddas Ardebili para luego tomar la autopista que me llevará a casa. De pronto exclamo con sorpresa: Barf. Nieve. La primera nieve del año que veo en la ciudad y aunque era nieve con lluvia, ya lo esperaba por estas fechas. El año pasado nevaba en en la ciudad ya en noviembre. El chofer también se sorprende y continuamos la ruta. En una de las calles oscuras que recorremos, en un vial arbolado y negro vemos a un soldado, de esos que abundan en ciertas calles de Teherán donde hay embajadas. Es en realidad un policía diplomático. No puedo pensar en un trabajo más aburrido. Pasarse la noche vigilando una embajada o la residencia de algún embajador en una ciudad donde, generalmente, no pasa nada. A veces habrá alguna fiestecita y los soldaditos de plomo se divertirán a anotar las placas de los presentes para tener algo que reportar, supongo. El soldado nos hace señas con su mano… el taxi se para. Cigar darid? Tiene un cigarro? Uno será suficiente. El gentil taxista abre la caja de cigarrillos y le pasa un par de cigarros al soldado. El soldado agradecido nos saluda y nosotros continuamos el camino a casa en nuestro fabuloso KIA Pride. Apenas llego a la autopista tomo el celular para hacer alguna llamada internacional aprovechando la diferencia horaria que tiene Europa o Sudamérica con esta parte del mundo. Estas llamadas de camino me distraen, además, en la ruta a casa, que puede ser bastante larga a la hora pico de esta inmensa y congestionada ciudad. Continuamos la ruta por la autopista ya mojada por la lluvia hasta llegar a la puerta de mi edificio.

Número 8: De cómo salir en un periódico electrónico iraní y hacerse patear por una mula en menos de dos días.







En Junio tuve uno de esos fines de semanas que a la noche del primer día parecen lo más normal del mundo. Sales del trabajo, llegas a casa, organizas algo, quizás vas a cenar con algunos amigos, esperando con ansiedad esa mañana del jueves para poder dormir sin la obligación de despertarse con una alarma. Aquel jueves supongo que fue así, aunque habiendo pasado ya unos cuantos meses no lo recuerdo con claridad. Luego de despertarme, supongo que habré comido algo para el desayuno, si es que había algo. En esos días estuve viajando bastante así que imagino que mi nevera estaba tan vacía como cuando llegué por primera vez a esta casa. Creo que habré pasado la tarde sin hacer nada, leyendo, viendo televisión o cualquier cosa que hago cuando decido no hacer nada o, si mal no recuerdo, fui a comprar los ingredientes para un chupe que cocinaría para los amigos algunos días después. Llega ya la hora acordada conmigo mismo y llamo al taxi ´Salam, ye mashin mikhastam, bare khiabun-e-Ferdowsi, Nazdik-e-Safarati-ye-Inglisi´. Voy a la celebración del cumpleaños de la Reina, el día nacional Británico. Llega mi taxi y empiezo mi descenso a aquella parte de la ciudad, no muy lejos del mercado de antigüedades de los viernes. Me bajo en una esquina que queda en todo el frente de la Embajada, la misma esquina donde se encuentra un negocio de antigüedades llevado por un judío, parte de la comunidad de judíos en Irán, que, sin contar Israel, es la más grande del medio oriente… una contradicción más de este país doble faz.

Al observar alrededor mío veo mucha gente, la calle casi cerrada al tráfico, rejas provisionales cubriendo la embajada y una fila de policías siguiendo el perímetro del muro externo. Mi mente viaja en el tiempo, de pronto me siento en Chuao o en alguna manifestación en alguna parte de Caracas, aunque esta vez sirvo de simple observador. Muy pronto se hace claro que es una manifestación de los Basiji, que son círculos revolucionarios auspiciados por el gobierno. No son grupos, sin embargo, que respondan directamente al gobierno o que formalmente dependan de él… les suena esta canción? Los hombres, rigurosamente vestidos de negro y con la barba de varias semanas; las mujeres, con el negro chador negro. Todos se apostaban de frente a los policías y a lo largo de la calle. Khejalat, khejalat… vergüenza, vergüenza, le gritan a los Iraníes muy bien vestidos que pretenden entrar a la Embajada, previa invitación. Pienso… los policías estarán de adorno porque ellos mismos y los manifestantes están del mismo lado. Sin embargo, más tarde oiría historias de policías golpeando basijis… quizás reprimiendo los excesos. A pesar del panorama, no veo grandes problemas para entrar a la Embajada. Camino unos metros calle abajo hasta encontrar un lugar para cruzar la calle y llegar a la acera donde se encuentra el acceso. Cruzo la fila de policías como si no estuvieran allí y camino detrás de ellos hasta alcanzar la entrada donde veo a mi amigo Wayne de la embajada australiana. Siento un par de miradas sospechosas y no caigo en cuenta que es por mi cara de Iraní... para los basijis, yo era otro Iraní traidor. En el fondo, me daba risa toda esta absurdidad.

Ya una vez adentro me olvido del desastre que se vive afuera. La embajada es preciosa, una casa antigua en medio de jardines que te desubican. Basta recordar en dónde se está: en el centro incoloro de Teherán. Se camina un poco por los jardines y se llega a esta casa que esta en pie, pareciera, desde hace unos 200 años. Subo las escaleras del ingreso y me encuentro con una placa: En este salón estuvieron reunidos bla bla bla Stalin, Churchill y Roosevelt… ciertamente, poco antes de repartirse el mundo al mejor estilo de Risk.

A pesar del caos que se vive del otro lado del muro, la tarde pasa tranquila tomando cócteles analcohólicos, hablando con un par de amigos y, ocasionalmente, esperando que ocurra algo, porque a decir verdad, el evento era un poco más que aburrido.

Varias personas, incluso muchos diplomáticos, no lograron entrar a la embajada. Los grupos de fanáticos bloquearon el paso de las principales calles que circundan la Embajada y hasta golpearon algunos de los autos que tenían intenciones de entrar al evento. Mas de uno se quedó esa tarde como las guayaberas… por fuera.

A eso de las 9 de la noche ya acaba el sarao y salgo junto con mis amigos Cris, de Rumania, e Irene, de Austria. Nos hacen pasar por la puerta trasera. Nos esperan varios de los basijis con un par de cámaras de fotos y de video. Ultimo modelo todos los aparatos… Made in Japan, probablemente, y todo en digital… claro que descargarían las imágenes usando Windows y las retocarían usando Photoshop o algún programita de Microsoft para luego subirlas a la Web. A final de cuentas, supongo que ser fanático islámico antiimperialista no quiere decir que tienes que renunciar a la tecnología imperialista, no?

Sigo caminando, nos siguen tomando fotos y yo sigo sonriendo. Me siento en Cannes. El objetivo de toda esta parafernalia es, claramente, registrar cuáles iraníes están allí con los Británicos. Aparte de los camarógrafos, también hay un par de Basijis que anotan las placas de los carros de cada uno de los que sale. Me llama la atención la expresión de su cara. Tienen un aire de orgullo, como haciendo su deber con convicción, pensando que es importante. Cual niño pequeño haciendo mandados.

Luego seguimos nuestra velada en casa de un finlandés donde no faltó el vodka, ni el vino, ni la cerveza. Otra fiesta de despedida que abundan entre los círculos extranjeros de Teherán.

El día siguiente también empezó como un día normal… me despierto pasadas las 2 de la tarde, habré comido algo si es que quedaba algo en la nevera. Bañito, televisión, y una llamada. ´Man mikhastam kuh beram´ Hoy pensaba ir a la montaña al final de la tarde, te interesa? Sí, por qué no, nos vemos en Darabad a las 5:30. Perfecto, hasta más tarde.

Luego, otra llamada, Magdalena, qué tal? Si quieres vamos a almorzar juntos, aunque luego te tendré que abandonar porque voy a Darabad a las 5:30 de la tarde. No hay problema, comemos y a eso de las 5 te dejo en tu casa. Muy bien.

Magdalena me pasa buscando y hacia las 4 el carro deja de funcionar. Después de analizar la situación concluyo que no es la batería, que el arranque parece funcionar, que el carro no esta recalentado, y simplemente pareciera ser que la gasolina no llega al motor. La aguja marca más de un cuarto de tanque, por lo que descarto el que no haya gasolina. Quizás son los inyectores sucios? No queda otra, llamamos a la asistencia vial que es bastante eficiente. En menos de media hora llega un carrito con todos los implementos necesarios.

Mientras tanto, hago otra llamada… Mujgan, voy a tener que cancelar nuestro encuentro. Estoy con una amiga y su auto está accidentado, no creo que terminemos antes de las 5:30. Está bien Gustavo, ya nos veremos otro día, Khoda hafez.

El mecánico concluye… la solución es más simple de lo previsto: no hay gasolina. La aguja no marca el volumen correcto! Veo que aún estoy a tiempo de llegar a mi cita, pero le propongo a Magdalena, porque después de todo, el lugar es cercano y podemos relajarnos después de pasar aquellos momentos mecaniqueando. Subimos poco a poco a la casa de té de Darabad en donde encontramos a nuestra amiga Mujgan. Hablamos pocos minutos y continuamos la subida, pero ella decide continuar con el itinerario original mientras yo decido irme por un camino más suave, ya que Magdalena no está tan bien entrenada. El lugar es muy bonito, así que el itinerario que se tome no tiene gran importancia, un cañón bastante profundo que acaba en un valle cerrado desde donde no se ve Teherán. Pareciera que uno estuviera a miles de kilómetros de distancia de una gran ciudad. Seguimos la marcha. Un burro se aproxima, compartimos el mismo camino… no sospeché que me patearía si le hacía un cariñito… hablo del burro, no de Magdalena… y así fue, con el aproximarse de mi mano izquierda que pretendía tocar al burro, una de sus pesuñas traseras golpeaba violentamente mi mano derecha.

No fue nada Magdalena, sigamos caminando, puedo mover la mano aún, qué suerte tuve, me hubiera podido romper un hueso…! Qué inocencia la mía! al día siguiente la radiografía revelaría una fractura en la muñeca que me costaría, además de las risas del equipo médico, un mes de yeso e inmovilidad en el pulgar derecho que ha durado hasta el sol de hoy, 5 meses después.

Nunca me había roto un hueso. En Teherán ya llevo un hueso roto y una rodilla dislocada (y que hizo crack). Algo bueno salió de todo esto y es que me toco una fisioterapeuta encantadora. A veces (léase siempre) prefería ir a la sesión de fisioterapia que estar en trabajo.

Así termino mi fin de semana. Llego a casa supongo que pasadas las 8 o 9 de la noche. Hablo un rato con algunos amigos y me voy a dormir. El sábado en la mañana me despierto con el sólito despertador sin caer en cuenta de lo absurdo de esos días… y aún no sabía siquiera que mis colegas me esperaban en la oficina para mostrarme la página web en donde salía mi foto con la leyenda: Iraníes saliendo de la celebración del cumpleaños de la Reina en la Embajada Británica.